Un antiguo asentamiento fortificado de la Edad del Hierro frente a los acantilados del Cantábrico.
El Castro de Santa Gadea constituye uno de los vestigios más antiguos del poblamiento humano en la costa occidental asturiana. Situado sobre un promontorio que domina el litoral de Tapia de Casariego, este enclave permitió durante siglos vigilar la costa y aprovechar los recursos marinos del Cantábrico.
Como otros castros del noroeste peninsular, sus habitantes eligieron un lugar protegido por abruptos acantilados y reforzaron las defensas naturales mediante fosos y estructuras artificiales.
Los castros eran poblados fortificados habitados durante la Edad del Hierro, varios siglos antes de la llegada de Roma. El de Santa Gadea ocupaba aproximadamente media hectárea de superficie y aprovechaba una pequeña península natural para mejorar su defensa.
Aunque el paso del tiempo y la erosión marina han transformado el lugar, todavía pueden reconocerse algunos elementos defensivos asociados al antiguo recinto castreño.
Uno de los castros costeros más representativos del occidente asturiano.
Primeros asentamientos castreños en el litoral cantábrico.
Periodo de ocupación y desarrollo del castro.
Romanización del territorio y progresivo abandono de muchos castros.
El enclave forma parte del patrimonio arqueológico del concejo.
El principal elemento reconocible es el sistema defensivo asociado al acceso del recinto...
Desde el lugar se disfruta además de una espectacular panorámica...
Desde este promontorio los habitantes del castro observaban el mismo Cantábrico que hoy atrae a surfistas, fotógrafos y viajeros.
Las olas que rompen frente a Santa Gadea forman parte de un paisaje que apenas ha cambiado desde la Edad del Hierro.
Donde hoy contemplamos playas, acantilados y sesiones de surf, hace más de dos mil años existió una pequeña comunidad que dependía del mar para alimentarse, comerciar y sobrevivir.
Recreación aproximada del aspecto que pudo tener el Castro de Santa Gadea durante la época castreña.
El poblado estaría formado por viviendas circulares, estructuras defensivas y una posición estratégica frente al mar Cantábrico.
Los castros costeros del occidente asturiano aprovechaban los acantilados como murallas naturales, reduciendo así la necesidad de construir defensas artificiales.